Hablando de este tan hablado Límite…

Muchas veces cuando hablamos de límites nos referimos siempre a las prohibiciones, a los NOES, a lo que no se puede hacer.
Aquí traigo una reflexión de los límites como algo que nos puede hacer sentir contenidos, reconocidos, como las fronteras entre nosotros y el mundo. Sin límites, nos desbordamos, nos sentimos desubicados, no sabemos exactamente qué se espera de nosotros. Si los adultos lo necesitamos, los niños que se están formando como personitas también lo necesitan, necesitan conocer sus posibilidades pero también la realidad del entorno.
Cuando van saliendo de la etapa más fusional con su mamá empiezan a descubrir su entorno, su mirada se amplia, la realidad se amplia, las otras personas empiezan a existir con más fuerza y la necesidad de interacción es brutal. Aquí es cuando entran en contacto con sus limitaciones personales y las limitaciones del entorno. Se dan cuenta que ni todo aquello que desean según su etapa de egocentrismo se puede realizar inmediatamente. Se frustran lógicamente.
Pero qué pasa con nosotros cuando entramos en contacto con esta frustración? Qué se nos despierta? A veces caemos en intentar evitar las frustraciones, estirando al máximo y a veces llegando a ultrapasar nuestros límites personales, entonces podemos caer en anularnos para satisfacer algo del momento del niño que no está dentro de nuestras posibilidades. Tenemos miedo que no se sientan queridos?
Cuando nos posicionamos, cuando estamos, ellos nos pueden ver, y podemos ser una gran referencia, ayudándoles a sentir y afrontar la realidad a la que están viviendo al encontrarse con la realidad, con lo que hay, con lo que se van encontrando.
Hay una gran diferencia entre ser rígidos y ser firmes. Cuando soy firme estoy donde puedo estar, y le devuelvo esta realidad con sentido. Cuando soy rígida no hay sentido, hago por hacer. Otra cosa es la estructura que les vamos proporcionando a lo largo de su desarrollo.
Cuando salen de la relación fusional con su madre y empiezan a ampliar su consciencia hacia las otras dinámicas, toda su impulsividad todo aquello que creen que puede existir se va ajustando con la realidad. Y se van dando cuenta que viven en un espacio estructurado, donde las cosas funcionan con cierto sentido, para ellos y para los que le rodean.
Su ritmo empieza a ajustarse, las rutinas cotidianas que van acompañando su ritmo biológico van devolviéndole esta seguridad, sabe qué se puede esperar, hay como una especie de guion del día, de sus actividades, aunque no sean con horarios, pero con algo que se repite. Los rituales nos ayudan a enmarcar esta contención, cada familia encontrará su manera, su ritmo, su forma, y desde la observación pueden ir encontrando lo que facilita y lo que no para crear esta estructura diaria.
Cuando nos referimos a la crianza natural, respetuosa y en nuestro caso hablamos de la crianza ecológica (desde la escuela de terapia reichiana), hablamos de libertad, de respeto, de espontaneidad, de potenciar sus capacidades. Hablamos en fomentar el respeto por sí mismo y por los demás, y eso tiene que ver con facilitarles esta mirada, facilitarles la posibilidad de ver y sentir qué sucede en la relación con su entorno y con los demás. Y esto se da poco a poco en un proceso progresivo, paulatino, despacito. Nosotros les facilitamos esta mirada y esta toma de contacto. Cuando son muy pequeños no tienen esta consciencia, pero con nuestra contención y referencia les devolvemos esta posibilidad para que sigan siendo espontáneos y libres y no preocupados y angustiados buscando este tipo de seguridad necesaria.
Tenemos mucho miedo a caer en el autoritarismo, en la rigidez. No queremos repetir el modelo educativo de antes. Pero hay el peligro que seamos reactivos a esto sin escuchar las necesidades reales de los niños. Y que necesitan los niños? Básicamente amor, seguridad y reconocimiento para poder sentirse libres y conocer sus capacidades. Seguridad que alguien me contiene, no alguien que lo haga por mí (sin anular sus capacidades), sino que me facilite sentir este espacio en seguridad.
Antes de tener la seguridad interna, evolutivamente necesitan la seguridad del entorno. Un entorno que le devuelva sus posibilidades y de esta manera su hacer se va haciendo autónomo. Esta seguridad está en reconocer las referencias, aprenden con nosotros, con nuestra actitud, no tanto de lo que decimos, sino de lo que hacemos. Seguridad cuando saben que estamos seguros en lo que hacemos.
Sienten seguridad cuando sabemos y nos responsabilizamos de cosas que todavía no están preparados para saber. Que seguridad saber que “mis papás saben las cosas”. Me gusta mucho el ejemplo de estar en un avión y el piloto preguntar que hacer en un determinado momento. Entraría en pánico seguramente…
Nos gusta preguntar porque de esta manera les incluimos en la decisión, pero las preguntas también pueden generar inseguridad, segun el momento y la forma que lo hacemos. Si lo hacemos por miedo a imponer.
Por último, podemos recordar qué significa la palabra autoridad: significa alguien que es, que se reconoce por lo que es, y esto no se impone, se conquista desde este vinculo tan poderoso que es la relación entre m.padres e hijo.as.
Nuestros hijos e hijas nos necesitan como p.madres y no como amigos, nos necesitan para tener la referencia y crear su fuerza interna para lidiar con lo que va encontrando a lo largo de la vida.

Necesitan estos cauces, saber que estamos allí. No para anularles, sino para reforzarles en su propia existencia.

Juliana Vieira Martinez

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Dónde estamos los adultos

Este fin de semana en uno de los grupos hemos podido hablar del lugar del adulto, el lugar que realmente ocupamos y que implica su presencia, su referencia.

Lugar de referencia a nuestros hijos pero también lugar donde reside una historia a la cual muchas veces queremos huir, queremos camuflar, empezar del cero, pero ignorando que dentro de nosotros habita todavía el niño o la niña que hemos sido y que nos hemos empapado de la actitud de nuestros cuidadores, positivas y no tan positivas. Las no tan positivas generalmente son las que queremos huir y son las que justamente caemos en picado.

Dentro de los modelos actuales de crianza se confunde el contacto con el “darlo todo”, dar hasta desbordar los límites de nuestras posibilidades.  Lo que pasa que dar sin tener lo que dar genera una gran impotencia y una rabia, que acaban viniendo en los momentos más conflictivos. Es cuando salen las facetas que menos esperamos que salgan.

Dar lo que no tenemos genera enfado, frustración, y rabia. Cuando uno se ve donde ya se ha pasado de sus límites se encuentra desbordado o desbordada… Y su historia se hace presente, entre en escena aquel niño o aquella niña no atendido/a, y a veces más necesitado que el hijo que tenemos por delante…

Dar la posibilidad de  reflexionar sobre la posibilidad de ser conscientes de nuestra historia, de nuestro bagaje, para ser conscientes y no actuar desde el piloto automático, sino desde el lugar al cual sabemos lo que ocurre y nos hacemos cargo de ello.

No se trata de no ser quienes somos, se trata de ampliar la mirada. De saber que sí tenemos nuestras limitaciones, nuestro bagaje, pero entender que también hay otras posibilidades.

No se trata tampoco de tener un manual y hacerlo todo correctamente, esto solo genera estrés, y a parte nos lleva hacia donde no estamos de verdad. Intentar ser perfectos no es la solución! Los niños y las niñas necesitan unos padres y unas madres reales, que confíen en su propia capacidad de cuidadores, y en la capacidad de sus hijos de aceptar una frustración o un límite real.

Intentar ser perfectos nos hace estar donde no estamos. Estamos preocupados con cosas futuras o teóricas y no ocupamos nuestro lugar en el aquí y ahora, perdiendo la posibilidad de ser quienes somos, de escuchar lo que pasa y devolver la presencia, que al fin y al cabo es lo que necesitan de verdad.

¿Qué hacer con lo que ya tenemos?

¿Como estoy cuando estoy? ¿Cómo estoy cuando no estoy? Si observamos tendremos la clave. Podemos llegar a ver que se trata de calidad no de cantidad,  que el tiempo que no estuvimos podemos volver a estar. Y esto es lo que queda: lo agradable, lo que llena, lo que favorece la relación. Lo otro, quiero decir la preocupación seguramente estará, porque queremos ser buenos padres y madres, pero sin que nos olvidemos que lo que tiene más fuerza es lo que existe de verdad no lo que queremos que exista y no existe…  

Nos animo a alimentar lo que ya existe, lo que ya nutre nuestra relación con nuestros hijos, cada padre y cada madre a su estilo, a su manera de conectar, de devolver la presencia y aceptar lo que hay, porque lo que hay ya es precioso, seguro que sí!! Y a veces nos vamos a tropezar con nuestras preocupaciones, con nuestras expectativas, pero sabremos que desde la actitud, podremos crear un contexto donde las necesidades de nuestros hijos también estén.

No hace falta anularnos ni anularles para que exista la relación. Todos estamos, todos formamos parte, todos somos importantes.

 

  Febrero de 2013             

La escucha, un acto de humildad y apertura

La tarea de ser padres y madres nos lleva a algunas preocupaciones muy comprensibles en lo que se refiere a la educación de los hijos. Es un gran compromiso y una gran responsabilidad, desde luego acompañarlos en su crecimiento.

Lo que pasa es que en esta tarea, nos distraemos con algunas preocupaciones que no nos ayudan del todo a focar en lo que realmente importa para nuestros pequeños, que es el simple hecho de sentir que hay momentos de atención, presencia, disponibilidad, compreensión.

Tienen tanto que decirnos… Pero no nos dicen en nuestro lenguaje adulto, nos dicen con su cuerpo, con su voz, con su risa, con su llanto, con sus demandas, con su juego, con la manera de mirar, de cogernos, son infinitas formas de comunicar.

La carga de las preocupaciones pasan a ser una barrera a toda esta comunicación, a toda esta información que puede llegar a entrar en la comprensión.

La preocupación nos hace estar dónde no estamos en este momento de ahora, nos lleva a otro tiempo, a un tiempo que no llegó todavía. No nos ayudar a ver lo que realmente es.

Si me preocupo porque ahora sufre, qué me dice su sufrimiento, cómo repercute en mí, qué me hace sentir como la persona que le acompaña. Que necesita a partir de aquí. Juntos desde el sentir y la conexión podemos hacer algo /con este sufrimiento. Y hacer “algo” no quiere decir “algo” en concreto, hacer algo puede ser ubicarlo, darle un lugar, un sentido, darle el permiso de existir, de expresar lo que le molesta, y este “algo” es increíblemente grande, porque es a partir de allí que uno sabe que puede “ser” aún que esté viviendo o experimentando algo incómodo.

Nos damos cuenta que a veces hablamos demasiado, queremos que nos escuchen, que entiendan nuestra manera de ver las cosas, y a veces no damos el tiempo para que la situación se acomode y se integre al entendimiento.

Sí, desde luego la tarea de escuchar no es fácil. Es un tremendo acto de humildad, porque requiere quitarnos todas nuestras proyecciones y estar preparado o preparada para conectar con aspectos nuestros mal resueltos en nuestra infancia, y si posible, podemos tomar el papel del adulto y adulta separándoles a nuestros hijos de estas posibles proyecciones y actuando como referencia para ellos cuando les hablamos de nuestras emociones, que puede que no sean las suyas…

Escuchar es ver, mirar, comprender la otra persona en lo que es o está viviendo en este momento. Y muchas veces se hace con el corazón y no con la mente…

Procesos conscientes… No se trata de rigidez

 Acompañando a las mujeres y a las parejas en este proceso de embarazo, maternidad y paternidad, me encuentro mucho con la reflexión de lo que está bien y lo que está mal. Si lo han hecho bien, si lo hacen bien, si lo harán bien…

¿Pero que es hacer algo bien?

Qué es lo correcto?

Este discurso muy polarizado no nos deja espacio para las diferentes posibilidades y caemos en que si estamos en un polo es como que para escapar del otro polo. Pero esto no deja de ser peligroso. Porque nos puede llevar a la rigidez, y la rigidez nos puede llevar a lo que es mecánico, y lo mecánico generalmente no pertenece a un movimiento vivo, ni pulsátil, ni orgánico.

Lo mecánico no interacciona, es previsible. Y nosotros los seres vivos y humanos no somos de esta naturaleza.

El paradigma reichiano no habla no tanto de lo que es correcto o incorrecto, sino de lo que es funcional o no en cada situación, en cada individuo, en cada proceso.

Cuando una mujer y su pareja se preparan a un parto “natural” inconscientemente traen consigo la imposibilidad de que ocurra cualquier otra situación: Si algo no va como imaginan pueden caer en el abismo de la gran frustración, sintiéndose culpables por no haber actuado suficientemente bien, por no haber entrado en lo que se esperaba de ellas. Las culpas pueden ser servidas tanto a ellas como a las situaciones externas, las personas que les acompañaban o al hospital.

En los grupos que llevo busco trabajar con las parejas para que entiendan que la preparación, no es una preparación a un parto natural, sino a un parto y nacimiento conscientes. Con esto sacamos el peso de una obligatoriedad escondida de que si no es “100% natural” es que no lo han hecho bien.

El parto y nacimiento consciente nos da más margen para pensar que una mujer puede sentir sus limitaciones y pedir una epidural en un momento determinado, pero no desde la derrota, sino desde sentir que para estar bien y recibir bien a su bebé en este momento necesita este apoyo.

Es distinto someterse a todos los protocolos hospitalarios sin criterios que pedirlos cuando una necesita, y parece que al huir de la primera situación no se acepta ninguna posibilidad hospitalaria. Aquí caemos en la rigidez… Nos herimos, nos hacemos daño. Y siento que es labor de los profesionales que acompañamos estos momentos es tratar de no crear más luchas sino de facilitar a unificar y aceptar distintas formas de parir y nacer.

Por que al fin al cabo lo importante es recibir a este bebé que necesita la presencia total de su madre y no parcial, si la otra mitad se ha quedado en la culpa, en la frustración, en el sentimiento de no haberlo hecho bien…

PRESERVANDO LA AGRESIVIDAD por Maite Sánchez Pinuaga

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La agresividad natural está ligada a la vida. De hecho, no se podría vivir sin un mínimo de agresividad. Si nos remontamos a su etimología, el término proviene del latín agredior:“ir hacia”, que tiene que ver con salir y manifestarse en el mundo. Está estrechamente ligada también a la sexualidad, que representa la capacidad de expansión natural de los seres vivos, en su tendencia instintiva al placer. Visto así, se podría decir que un bebé necesita “agresividad” para poder mamar. El concepto de agresividad se opone, precisamente, al de miedo, que nos dispone a la contracción, a la inhibición de impulsos naturales, que son propios de todo ser vivo y de su encuentro con el mundo.

Desde Wilhelm Reich se abre un camino en la prevención de la psicopatología, considerando los momentos claves de la crianza y la educación en el ser humano como determinantes para el sano desarrollo de su vida y la calidad de sus relaciones. Si se impiden o dificultan continuamente los movimientos de libertad, de expresión emocional y motriz, limitando una y otra vez su manifestación con el mundo, se estarán sembrando semillas de violencia en la vida de las personas. La violencia institucionalizada de los partos hospitalarios; posteriormente, los horarios y normas rígidos que en nada respetan los ritmos en los que, de forma natural, se regula un niño-a, para todo: para comer, para dormir; la “no escucha” en respuesta a su llanto, que se traduce en negación de su necesidad y la “inhibición de la acción” de la que hablaba Henri Laborit.

Ya más mayores, cuando ya pueden contarnos qué les pasa y qué quieren, nuestros niños ven frustrados sus intentos de Ser y “Ser en relación” con el mundo desde sus necesidades reales. Es así que su “¡no!”, que es su “yo” que comienza a ser negado, al igual que su “¡mío!”, corre la misma suerte, con la imposición de una serie de elementos morales con frases que seguro hemos escuchado en muchas ocasiones, tales como: “tienes que compartir”. Es así como, poco a poco, se les impide experimentar sus propias opciones, invalidando su percepción. Ahí estamos interfiriendo y vaciándoles de sí mismos, desde, por ejemplo, el miedo a que el resto de las personas en lo social, consideren a la madre como una “mala madre”; la madre es más “aceptada” cuando consigue que su niña sea “buena” –aunque, en realidad, estaríamos hablando de su propia “niña interna”.

También se hace imprescindible diferenciar entre lo que es “agresividad” y “destructividad”. Precisamente si preservamos esa capacidad agresiva natural no se desarrolla la destructividad, que no es sino una vía inevitable cuando se inhibe la primera. La tensión que se crea a partir de esa inhibición, en cada movimiento natural expresivo, se canaliza de la peor manera, dañando como forma de vaciarse del daño sufrido. Tanto para abrazar como para decir “¡no!”, la agresividad es un movimiento hacia el encuentro, es un movimiento vital; si eso no es posible, me contraigo, mi biología, mi propio organismo esta contraído, y me adentro en una dinámica de angustia contraria al placer , desde la cual odio y destruyo. De ese modo, perdiendo el contacto con el verdadero placer, acaba por orientarse hacia placeres sustitutivos, como golpear, morder, obtener poder, derribar al otro…

Ahora bien, también la agresividad natural puede tener connotaciones de rabia en un momento dado, es decir, si algo contraría mi orden natural, si alguien invade mi territorio o sufro algún tipo de abuso, etc., puedo experimentar la necesidad de poner un límite claro y firme, si fuera preciso, incluso cargado de rabia o enfado. Esta emoción es una respuesta de regulación necesaria, cuando es posible dar paso al dialogo, en el que se crea un espacio para el bienestar, para el encuentro y para el amor.

En estos momentos está preocupando mucho el fenómeno de la violencia en las aulas y la reflexión esencial es, precisamente, que en esta “mochila emocional”, que trae cada niño y que lleva consigo a la escuela, encontramos las razones de dicha violencia, acoso y/o sumisión y temor. Y es que todos los conflictos que pueda haber a un nivel psicoafectivo en la infancia se manifiestan en las relaciones con otros niños, con los educadores, con el entorno, ya sea desde un problema de acoso, de sumisión, pasividad o absentismo escolar, como también de violencia explícita y clara, manifestación de esta disarmonía que se ha ido creando desde la no atención, la no escucha, la falta de reconocimiento y de libertad expresiva, la insatisfacción de sus necesidades básicas. Si el niño se siente “ser” y cuenta con un espacio en el mundo en el que expandirse y seguir ese mandato natural instintivo de placer y alegría de vivir, tenderá, naturalmente, a desarrollar lo mejor de sí mismo, a crear y disfrutar de establecer relaciones constructivas, cooperativas y armoniosas con el mundo en el que vive. Esto es simplemente así porque se trata de una cualidad del ser humano libre y autorregulado. Si la verdadera naturaleza, pues, no ha sido obstaculizada, la envidia y el odio que se vivencian con el sentimiento de” no existir” y de tener que ir abriéndose camino de una forma violenta, robando el poder personal del otro, simplemente, no tendrán lugar.

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Maite Sánchez Pinuaga
Psicóloga clínica, especialista en Terapia Psico-corporal (Reichiana). Coautora del libro
Ecología infantil y maduración humana. En la senda de Wilhelm Reich, junto con Xavier Serrano Hortelano.

Apuntes sobre psicomotricidad relacional, un abordaje emocional y corporal

 

Hablar de psicomotricidad no es tanto hablar de un programa de aptitudes, sino poder reflexionar sobre los aspectos que abarcan todo el proceso de desarrollo y que sea de la manera más armónica posible.

Y para que podamos acercarnos a una mayor posibilidad nuestra de poder acompañar y atender a los niños y niñas para que sean sujetos y no mero espectadores de su propio proceso, que sean activos en la construcción de sí mismos y que puedan acceder con placer a la conquista de su propia autonomía.

 Psicomotricidad se refiere a los aspectos psico =afectivo-emocional y motriz= cuerpo, que están íntimamente ligados, y que van a ir madurando desde lo biológico, sensoriomotriz, afectivo hacia el cognitivo.

 De la globalidad hacia la diferenciación, de la dependencia hacia la autonomía y de la impulsividad hacia la reflexión. Del actuar al pensar.

 Y hablar de psicomotricidad relacional, el propio nombre ya lo dice, es entender que uno aprende desde la vivencia, desde la relación con el otro.

 Uno construye la identidad humana desde la relación, desde los aspectos psico-afectivos, emocionales y físicos.

 Desde el nacimiento el bebé irá estructurando su personalidad, descubriendo y conquistando el mundo de los objetos y personas que le rodean por medio de los sentidos, percepciones, movimientos e intercambios con el medio.

 El primer año del bebé es un período donde asentarán sus bases fisiológicas y biológicas para el desarrollo del córtex.

Todo lo que crece después se hará en función de este período, de esta forma, son estas las bases que van a garantizar más o menos seguridad en su proceso de desarrollo.

 Es una etapa donde van a ir adquiriendo capacidades para coordinar su cuerpo para el movimiento y entonces intercambiarán con el entorno en función de su espontaneidad y curiosidad.

 Esta coordinación puede que se desarrolle antes o después, el resultado nada tiene que ver con las prisas.

Los primeros años, esta relación de sostén por parte del adulto va a ser el referente de toda nuestra base, nuestro mundo.

Sabemos que el ser humano cuando nace sobrevive gracias al cuerpo del otro. La imadurez biológica hace con que dependamos de nuestros cuidadores a nivel emocional y corporal.

En un primer momento tendríamos el tiempo del embarazo, donde el feto esta dentro del cuerpo de la madre, y, en un segundo momento sería el regazo, los brazos, el pecho, la mirada de la madre en la que se envuelve o se contiene el bebé.

Es un momento donde toda la comunicación se establece en el cuerpo, dado que es una etapa donde todo pasa por el cuerpo.

El lenguaje de comunicación es un lenguaje tónico-corporal, un lenguaje que va a intervenir directamente la mirada, la voz, el olor, y todas las sensaciones que llegan al cuerpo.

El cuerpo en esta etapa de la vida es un lugar único, donde se vive toda la sensibilidad, la afectividad, la emoción, la relación con uno mismo y la relación con el otro. Es el lugar donde se vive el placer, el deseo, la frustración, la angustia, es el lugar donde se registran todas las emociones vividas en relación al adulto, los cuidadores y el entorno.

Desta forma lo que se vive en el cuerpo servirá de base para sus futuras contrucciones mentales y racionales.

Desde su cuerpo entienden su espacio en el mundo y en la relación con los que están con él, se manifiestan y se expresan a través de su cuerpo.

Es a través de sus movimientos espontáneos, de su interés hacia su exploración que podrá construir su identidad, su raciocinio lógico. Es a través de su actuación e interacción con el mundo que le rodea podrá construir su forma de estar y pensar.

Por eso tienen tantas necesidades de moverse, de descubrir su espacio corporal, su entorno, probar nuevos retos, sentir cómo va del espacio conocido al espacio desconocido, es un ir y venir constante: del cuerpo de la madre que le sostiene hacia al espacio de su propio cuerpo relación al entorno. Y en estas experiencias disfruta, se frustra, siente como están sus cuidadores cuando le observa, siente sus logros y su sentimiento de seguridad hacia lo que hace, su satisfacción.

Descubre el placer, el control, sus límites reales y siente hasta dónde puede llegar.

Si observamos la actividad autónoma de un niño nos damos cuenta de la cantidad de gestos, posturas y movimientos que realiza en cada momento. Esto nos hace revisar nuestra manera de actuar con los niños, dado que fácilmente caemos en “hacer, y hacer” sin escuchar lo que necesitan de verdad. A veces nos cuesta esperar, darles el tiempo necesario y frenar una intervención precipitada.

Tiempo para la maduración orgánica

Es a través de sus movimientos espontáneos que los bebés y los niños van a ir madurando el sentido de equilibrio, que es vital para la postura, el movimiento, el sentido de “centro” en el espacio, el tiempo, la profundidad y uno mismo.

Necesitamos tiempo para la maduración orgánica y nerviosa – lo que llevan a los procesos cognitivos. Llevan de 7 a 8 años para desarrollar el mecanismo de equilibrio. Un niño hiperactivo por ejemplo da señales que todavía necesita desarrollarlo.

Si moción y sensación se integran se desarrolla plenamente las habilidades del habla, la escritura, etc.

Por medio de la conquista de sí mismo el niño hace entrada en la vida mental. De esta manera, si actúa desde su interior, va adquiriendo la unificación interior, lo que lleva a asimilar los factores externos (conocimientos, habilidades…) que van a ir formando parte de su interior, alcanzando la unificación total de su persona.

Nacemos con 2 ojos, dos oídos, 2 hemisferios cerebrales (derecho y izquierdo): los neurólogos llegan a decir que llegamos a nacer con dos hemisferios y que con el desarrollo neurofuncional llegamos a activar los dos hemisferios uniéndolos a través del cuerpo calloso, lo que lleva a desarrollar los aprendizajes más superiores como el lenguaje, escritura, matemáticas…)

Desplazarse no es solo gatear / caminar, es SEPARARSE. Es un proceso de separación y autonomía motora y emocional.

Si las actividades son realizadas con autonomía, no solamente cumplen con su propio programa del desarrollo de habilidades motrices, sensoriales y de orientación espacio-tiempo, sino también al continuo ejercicio de la voluntad propia, de la capacidad de elegir objetivos, de mantener un interés personal con concentración y duración, de vencer obstáculos, de manera que cada interacción sensorio-motriz van afirmando el equilibrio emocional de su personalidad.

La verticalidad es el dominio de sí mismo en el espacio. Con el dominio de si mismos tienen autonomía y estabilidad. In-cuerpo – in-corporado: tomar cuerpo.

SE MUEVEN DE ACUERDO CON SU PERCEPCIÓN INTERNA. Un niño que se cae constantemente no ha podido gestionar su percepción interna. En la intención psicomotriz están los deseos, los impulsos, las emociones.

 Entonces qué necesitan? Pues necesitan un entorno favorable para la libertad de movimiento y necesitan un adulto en relación.

La postura del adulto en relación

Que sea capaz de empatizar con sus necesidades, observando cómo sus emociones o ansiedades también pueden influenciar en su dinámica.

Que pueda permitir que sean expresión de todo lo que son como personas, dado que el social muchas veces exige lo que no podemos ser en determinados momentos: hay que ser buenos, hay que portar de tal manera…

Que facilite vivir su expresión, su limitación, su ritmo, su tiempo.

Que confíe en sus capacidades,

Que proporcione seguridad afectiva y sostén (que no les asfixien pero que les den el sentimiento de presencia y seguridad necesarios) que se sientan acompañados y no invadidos..

 ¿Si nos precipitamos/ anticipamos qué pasa?

¿Si les ponemos en una situación que no han llegado por ellos mismos, qué pasa?

Pues se observa que los niños que no han podido moverse por ellos mismos se quedan más limitado/as y por lo tanto dependen mas del adulto para “sacarles” de las situaciones. Se frustran y no confían en si mismos.

Al contrario los niño/as que han tenido su proceso respetado Se sienten aceptados como personas y conocen sus límites. Todos movimientos que hacen pueden deshacerlos.

Tienen una coordinación armónica y fluida, por lo tanto una capacidad de pensamiento más elástica y flexible

Armonía en la relación con los demás porque han podido apropiarse de sus espacios físicos y emocionales.

La gran dificultad que encontramos para que se den estos procesos es la falta de espacios en las casas. Esta falta de espacio acaba dificultando la conquista de momentos tranquilos, para desarrollar sus movimientos. Algunos niños de tumbados pasan a sentados y se ponen de pie sin gatear… Solemos estar en sillas, en sofás, y los niños quieren esta donde estamos los adultos. Sugerimos entonces que se pueda condicionar un lugar en la casa para que la familia pueda disfrutar del suelo, no un parque para los niños, sino que vivan sus movimientos en relación con el adulto. Y disfrutar con ellos y ellas, desde la observación y la escucha. Desde la seguridad que van ganando con sus propios movimientos hacia la vida…

Referencias bibliográficas: A. Lapierre, E. Pikler, B. Acouturier, Arantxa
Irastorza, Ramon Maduit.